Y un día fui apoderado

Y un día fui apoderado
Y un día fui apoderado

Y un día fui apoderado

Soy un gallego retornado. Soy un gallego de mas de 65 años con 50 años de residencia en el extranjero.

Y tengo que decir que ejercí mi derecho al voto por primera vez aquí en A Coruña hace ya algunos años. No os podéis imaginar la alegría y emoción que experimenté cuando introduje mi voto en la urna.

Es aún hoy, una sensación indescriptible. Votaba para que triunfara lo que parecía un sueño.

Un día mi afán participativo encontró un espacio politico que reunía mucho de lo que yo creía que era la mejor manera de hacer politica y de poder vivir en un país con un pueblo con su dignidad recuperada, y me uní a esa gente.

Un partido bullente de propuestas, de iniciativas, de alegría, de gentes que, como yo, podíamos expresar nuestro común afán de cambiar la inercia de un sistema en que se sucedían azules y colorados sin que se modificase sustancialmente el rumbo politico.

Era como si el camino estuviera marcado y unos condujeran al estilo continental y otros al estilo inglés. Pero siempre en la misma dirección.

Así que ante unas elecciones decidí que era muy importante estar “del otro lado del voto” y me inscribí como apoderado del partido de la ilusión y el cambio.

Llegué temprano, muy primerizamente temprano a la sede electoral. Me presenté con mi credencial ante las autoridades de las diversas mesas y también ante los otros apoderados de las otras fuerzas políticas.

Yo no estaba solo representando de mi partido, había otros compañeros en las mesas, pero frente al público, estaba solo. Solo entre gentes que miraban con un cierto desdén mi cartelito de identificación. Y se abrieron las puertas. Y yo, en medio de personas que miraban con simpatía mi cartelito y a otras que lo miraban y me miraban con desdén. Estaba para defender la transparencia y defender los derechos de todos los ciudadanos. Me habían recomendado que controlara que hubiera boletas (papeletas) del partido bien visibles, que hubiera suficientes en los cubículos de votación, que no las taparan maliciosamente. Me entretuve con gentes que se acercaban a preguntarme “¿dónde están las papeletas de Podemos?” Y explicaba que íbamos en la boleta de Marea Atlántica. No tengo anécdotas de enfrentamiento con personas que tuvieran un color politico diferente. Yo no pasé por situaciones de violencia verbal, aún no estaba instalado el odio visceral. Eramos un “partidito”.

Llamé a los compañeros para que me reemplazaran a la hora de la comida y comí con el deseo de volver. De saber que mi labor ese día era vital para que no se trampease la voluntad de los votantes.

Todo transcurrió en un ambiente distendido y de cordial recelo

Todo hasta la hora del cierre y del conteo de los votos.

Entonces valió de mucho el tener compañeros en las mesas. Valió porque esos compañeros apoderados podían verificar que no ocurrieran”cosas oscuras”.

El momento mágico y terrible es la apertura de los sobres y empezar a armar los montoncitos de deseos. Porque es cierto que cada uno pone en el sobre, junto a la papeleta, sus esperanzas. Unos el deseo de que las cosas no cambien, otros porque las cosas cambien, unos por continuar, otros por corregir y otros por dar un salto a una sociedad más justa y solidaria. Se abrieron los sobres de los votos por correo y los del voto presencial y centonces irumpió la sorpresa.

Se abrían los sobres y aquel cierto desdén inicial se iba convirtiendo en gesto de sorpresa.

Nuestras pilas de votos aumentaban y aumentaban.

La gente había comprendido nuestras propuestas, el trabajo que habíamos hecho en los días previos había servido, los carteles pegados con nocturnidad y esfuerzo habían servido, los mítines habían servido. Las semillas de esperanza habían germinado.

Contar, pedir las actas de las mesas, controlar que se hiciesen correctamente los procesos y que la información fuese veraz, comprobar el triunfo o la ajustada derrota no eran mas que saltos de emoción.

Y llegó el momento del final. Recoger los partes y salir para el centro fue la carrera mas emocionante de mi vida.

Mi especial Maratón. Habíamos ganado las elecciones en casi todas las mesas. Por unas diferencias no muy amplias y con derrotas que no eran de paliza.

Cuando llegué ya se tenían resultados de la Ciudad y hablamos recibido el apoyo ligeramente mayoritario de la ciudadanía. Me abracé con conocidos y con desconocidos, salte adolescentemente, grité mi alegría, lloré porque algunos soñaron con festejar un triunfo como este y sus sueños fueron tempranamente aniquilados.

Lloré y lo hice de alegría incontenible.

Carlos Rico Lesta

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